EPSFROS
Producciones de Carteles

Cartel de Publicaciones

Los miembros del Cartel presentaron sus producciones en diferentes jornadas y reuniones de analistas: Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis Montevideo 2015; XIV Jornadas de la Escuela de Psicoanálisis Sigmund Freud-Rosario "Entretexto"; Jornadas 2016 de la EFBA; Boletin 2015 de la EPSF-Ros.

Analía La Rosa El filo cortante de la verdad
Gabriela Bozikovich
Valeria Martoglia
Sabatino Cacho Palma Locuras en Rosario


Locuras en Rosario

 

Estaba buscando un sitio tranquilo para morir

Así comienza Paúl Auster, su novela: Locuras en Brooklyn[1].

Siempre he sentido un gran aprecio por el modo en que un autor presenta su texto, cuando va derecho a los hechos y nos pone cara a cara frente a una situación determinada, despreocupándose por ubicarnos en una pintura costumbrista.

Recuerdo con cierta admiración, ciertos comienzos:

La cosa empezó así. Viaje al fin de la noche de Celine

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados, El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez.

La señora Dalloway dijo que ella misma se encargaría de comprar las flores, novela homónima de Virginia Woolf.

No hay, al principio, nada. Nada. El río liso, dorado, sin una sola arruga, y detrás, baja, polvorienta, en pleno sol, su barranca cayendo suave… Nadie nada nunca, el turco Saer, desde nuestras orillas

Quiero dar una comida, pero no tengo en mi despensa si no un poco de salmón ahumado. Me dispongo a ir de compras… Así comienza el sueño que la bella carnicera sueña para que su analista no se quede demasiado satisfecho sobre su incipiente teoría del deseo.

Juguemos con el entretexto, tal la propuesta de nuestras organizadoras, a quienes agradezco profundamente. Y entonces podría entreleer lo recién dicho, para decir:

La cosa era inevitable, ella misma, al principio, nada, y sin embargo me dispongo a…

Lo intento, insisto ¿Encontraré ésta vez, el punto de atravesamiento? ¿Cómo poner en juego la lógica del inconsciente, cuando éste es justamente lo que se nos escapa en cada instante?

Y lo peligroso que resulta cada vez que un grupo, facción o sector, se ubican en la posición de atrapar al inconsciente (¿cómo podría apresarse un unicornio, un duende o un sinsonte, sin liquidarlo en el mismo momento de su encierro?)

El sinsonte es un pájaro centroamericano capaz de emitir una gran variedad de sonidos imitando el canto de diversas aves, con una perfección tal que lo ha hecho merecedor de su nombre científico: mimus polyglottas. Poli- glotis, con eso contamos en nuestro nacimiento, sobre eso caerá una primera interdicción: debemos ubicar nuestra glotis en lo “mono” (como con el Dios de Moisés- Freud, lo mono hace al corte y al avance espiritual), y en breve, el cachorro hablante no podrá fonar en todas las lenguas, esa será la oportunidad para que algo de lalengua decante en cada sujeto.

La leyenda en la cuál los indios hopi de Arizona dan cuenta de su origen, narra que en el preciso instante que afloran del mundo subterráneo y salen a la superficie, un sinsonte confunde sus lenguas y determina que las tribus hablen idiomas distintos. Un papel similar a nuestra historia de Babel, donde el Yahvé bíblico junto a otros elohim se confabularon para confundir el idioma de aquellos trabajadores insaciables, que pretendían mezclar la tierra con el cielo, logrando así su dispersión y con el dolor consiguiente los desparramaron por toda la faz de la Tierra. Mitos donde encuentro atesorada la misma Ley del lenguaje, es decir, el malentendido. Zeus puso un corte a la complementariedad de los sexos partiendo al andrógino. El dios impronunciable, separó para siempre la palabra de la cosa, y el sujeto del objeto, solamente un elohim, puede estar en ambos en el mismo instante, eso justamente significa su nombre.

Habitante de la mímesis, el don que porta el Sinsonte, resulta un verdadero enigma. Me gustaría pensar que no se trata de un acto de vanidad, o solamente de pavoneo sexual (aunque mal no le debe ir). Tal vez, el sinsonte es capaz de imitar cualquier canto, porque así se lo propone, como nos decía Roberto Arlt, por prepotencia de trabajo y también, situando el modo en que Lacan nos enseño a pensar una Sínthoma: es el reto de superar la belleza de un sonido, buscando y avanzando hacia lo otro, ubicando un otro canto y conquistando eso bello que se desvanece en el instante siguiente.

Entonces, me gustaría poner en relación a la garganta del Sinsonte, que conserva toda su potencia inicial y despliega su acto con tono y son, con la garganta de Irma, donde Freud vence su propia pesadilla y avanza, más allá de Fliess y de Breuer, para encaminarse, muy re-suelto[2], hacia la capacidad inventiva y transformadora del psicoanálisis.

El autor del sueño incluye siempre a su lector, hay sueños soñados para el analista, sobre todo para despertarlo, o al menos, para hacerlo trastabillar; produciendo incluso, esa sensación física que se suscita como un sacudimiento, cuando de una manera poco conveniente, entramos en la dormidera diaria.

Sueña con su garganta, hace oír su sueño, y piensa en su placa: Aquí, el 24 de julio de 1895, se le reveló al Dr. Sigmund Freud el secreto de los sueños. Debe hacer girar su placa, avanzar más allá de sus temores y no eludir lo real. Con el secreto del sueño (vía regia) se le revela otro no menor: para avanzar en la vía del deseo es preciso pagar un precio.

Atravesar ese espacio entre dos imposibles, muerte y sexo. Alan Didier Weill, amigo de la casa, se preguntó aquí en Rosario, ¿si la única manera de proceder ante la medusa, es matándola? Para respondernos, en relación al acto del analista, que tal vez resulte necesario mantenerse ahí, sin terminar siderado y sin tener que matarla.

Si Freud concluye que el trabajo de interpretación del sueño nos conduce a una realización del deseo, considero una piedra fundante para el psicoanálisis, que cinco años antes de su libro de los sueños, él haya sabido ver de frente, sin escapar y sin matar, el ombligo del sueño. Ese punto insondable y desconocido nos dirá, apuntando a lo imposible de ser reconocido.

Si no creyera en la locura/de la garganta del sinsonte/si no creyera que en el monte/se esconde el trino y la pavura

Vuelvo a las locuras de Auster, allí nuestro protagonista encuentra que, muy lejos de embarcarse en el Aqueronte y encajar en un lugar para morir, se le dispara una locura para vivir:

(Cito textual) El pequeño caballo de batalla que andaba buscando para salir de mi rutinaria y soporífera indolencia.

Me detengo aquí, el autor nos señala un goce mortífero sostenido en la indolencia, en lo que no duele o que ya no duele. Me pregunto aquí, ¿cómo fue que se instaló una temible confusión en la práctica del psicoanálisis, entre indolencia y abstinencia?, confusión que nos ha llevado a actitudes que obstaculizan la cura, en términos tales de insensibilidad, indiferencia y pereza ¿Acaso la abstinencia, necesaria a la regla y al buen manejo de la transferencia, debe transformarnos en personajes inconmovibles? ¿Tratar de mantener una posición indolente ante la angustia, el dolor y la afección, no configura una especie de maltrato y hasta de agravio, para ese paciente padeciente que nos consulta? ¿No estaremos siendo testigos de un lamentable desvío, cuando en vez de avanzar, mandato ético mediante, en el des-ser, ofrecemos a nuestros analizantes la impostura infranqueable del “para ser o ser para”, para congelarnos en un “parecer” impostado?

Tomados por la indolencia podemos banalizar el discurso de quién por contrato hace la tarea analizante y nos ofrece su palabra, que puede así quedar devaluada y descalificada, en tanto es el analista por medio del semblante, quién se las debe ingeniar para hacer reinar ahí el objeto “a”. Algo muy distinto que colocarse en la pose de la carica-p-tura, capturado en un imaginario que no al no poder pasar de la mimesis especular, consolide la función estafa del sujeto supuesto saber, perpetuando la vigencia de un simbólico completo y eficiente. Cara, facie, gestualidad, de modelo envasado, cuando no embalsamado, de analista vago y apático, que no hará otra cosa que confinar a su paciente en un standard de normalidad, para adecuarlo a una soporífera realidad. 

En el caso de la novela, el protagonista vuelve “a vivir” en Brooklyn, armando su libro DEL DESVARIO HUMANO, en el que piensa escribir (cito textual): En un lenguaje lo más claro y sencillo posible, un relato de cada equivocación, torpeza o batacazo, de cada insensatez, flaqueza y disparate que hubiera cometido durante mi larga y accidentada existencia…Sin tener el menor deseo de desnudar mi alma, ni dedicarme a sombrías introspecciones” 

El novelista nos orienta sobre una técnica, la nuestra, para que aflojemos un poco, con esa practica inquisitiva de llegar a no se que oscura profundidad y también para que nos despreocupemos de forzar a nuestro analizante a un desmedido e innecesario desnudarse, alentando cualquier tonta ilusión de tornarse transparente. En nuestra orilla atención flotante, el significante flota, así se nos acerca, flotando para representar a un sujeto siempre evanescente que no encuentra tierra firme, cuestionado y además perforado por las formaciones del inconsciente, en las que nuestro escritor encuentra otro goce.

Tal es así, que inmediatamente nos presenta un lapsus cometido en plena disputa conyugal, donde al querer afirmar “si no lo veo, no lo creo”, se encuentra diciendo “Si no lo creo, no lo veo”.

Inversión eficaz, que pone sobre el tapete la pregunta: qué es lo que vemos. Lacan nos recuerda que ya no necesitamos arrancarnos los ojos como Edipo, ya sabemos que no vemos, por eso estamos de alguna manera en la comedia de la vida, en el “como si”.

Si dejamos de ser cartesianos e interrogamos la implicación y la conjunción: “veo, luego creo”; y ponemos en juego, tal la lógica del inconsciente, la disyunción y la alternativa excluyente, tendremos:

O no lo veo, o no lo creo.

Para decir, allí donde veo, no creo en lo que veo, como nos hace ver Freud, en el momento preciso en que el varón se encuentra con que no todos los humanos tienen pito.

O también, allí donde me la creo, no veo lo que pierdo, cuestión que también nos señala Freud cuando nos habla de pérdida de realidad en las neurosis.

Creer es creer en el Otro y esto implica tener que creer en la palabra, aún cuándo ésta pueda ser mentirosa. Por lo tanto, en cada creencia se pone en juego el lugar del Otro, desde donde se plantea la palabra en relación a la verdad.

Lo interesante es que Auster nos aporta la relación estructural que ocupa el campo escópico en toda relación del sujeto al Otro. Es a partir de la mirada del Otro, que puede suscitarse cualquier cuestión que tenga que ver con el deseo y es ante esa mirada que construiremos esa cobertura imaginaria que Lacan nos enseño a llamar: fantasma. Un imaginario verdadero nos dirá en el Seminario de la Identificación, para diferenciarlo del imaginario especular. Pantalla que al portar ese pedazo de real: “objeto a”, no se sostendrá exclusivamente del espejo y por eso podrá anudar la construcción simbólica de un sujeto a su ex -sistencia,  insistencia.

Eso nos separa irremediablemente de cada elohim (el que detenta el sujeto y el objeto), ya que nuestro sujeto, al resultar efecto evanescente del significante, confrontado a la alteridad que lo habita y dividido por el mismo significante, al dirigirse (en tanto falta) a su “objeto a”, se topará con una segunda alteridad, irreductible y no homogénea. Sujeto exiliado doblemente del paraíso, tanto del cielo divino, como del jardín de la diosa naturaleza.

A través del fantasma vemos lo poco que vemos y a su vez no vemos al mismo fantasma. Por lo tanto, cada mañana abrimos los ojos para seguir durmiendo, al punto que podemos decir confiando en el lapsus de Auster, que tener ojos para no ver es algo estructural.

Habitamos cada uno y en cada casa (Escuela), nuestra Babel y el malentendido se presenta cada vez, manera eficaz de poner en cuestión al Otro, que al sabérselas todas, nos podría ilusionar con la falsa promesa de que siguiendo ciertas pautas y procedimientos (aparato mediante), podríamos al fin entendernos.

Por qué no pensar que la promesa de la psicoterapia en cualquiera de sus versiones, radica en la idea de un mutuo entendimiento, entre paciente y terapeuta.

Engaño basado en cualquier posición que sostenga a nuestro sujeto en el terreno de una creencia absoluta, donde se espera en vano, que el Otro engalanado en el saber: S2, va a resultar de tal amabilidad y de tanta consideración; que siempre estará pronto a responder por el ser del sujeto.

Para terminar, me remito a la experiencia de cada analizante, para seguir confiando, que si el sujeto avanza en su división subjetiva (es decir, en su análisis personal) irán cayendo todas sus creencias y debajo de cada ola significante, podrá emerger lo real, hacia lo que apuntamos con todas nuestras dolencias a cuestas y nuestra falta en ser.

Que, por lo tanto, si no contamos con la dirección de la cura que puede brindar un analista, que implica entre otras cosas, el atravesamiento de la relación fantasmática con el mundo, seguiremos empeñados en ver solamente lo que creemos.

 

                                             Sabatino Cacho Palma

                                             Rosario, octubre/2016