EPSFROS
Jornadas de Escuela

Adriana Covili

A.M.E. EPSF-Ros

  

A las puertas del duelo: el metal puro y el demonio meridiano.

 

De qué plurales se trata en la novela “Los elixires del diablo” de Hoffmann, cuando la pócima de la que se apropió el capuchino Medardo es una botellita que se acaba rápido y su valor de objeto preciado se degrada desde el líquido oscuro y perfumado, a un típico vino dulce y por ende hecha a rodar como un objeto cualquiera; por ese entonces la singularidad de su sufrimiento lo desdobla y alucina respecto de sus marcas primarias. La extraordinaria pluma de Hoffman dibuja una caricatura del diablo que lanzada desde el romanticismo, tiene sus retumbes en los tiempos que corren. El demonio se presenta como un hombre joven y apuesto, cubierto por una capa agujereada, en cada agujero una botellita de elixir, ahí está la oferta, a cada cual la que le plazca.

Freud, en “Lo siniestro”, le dedica dos párrafos a la novela encontrando una clave de lectura manifiesta, que es seleccionar lo más destacado que produce un efecto siniestro a fin de la hipótesis sobre el origen en fuentes infantiles.“No soy yo, es el otro”. Así, el tema del doble o del otro yo, se despliega en la aparición de personas que por su figura son idénticas; en la telepatía que es trasmisión de procesos anímicos de una persona a su doble; identificación de una persona con otra de modo que pierde el dominio del yo propio y coloca al yo ajeno en lugar del propio con desdoblamiento del yo, partición del yo, sustitución; constante retorno de lo semejante con repetición de rasgos faciales, caracteres, destinos, actos criminales.

Freud nos advierte que: sobre el final de la novela, cuando se dan las convenciones que habían sido disimuladas sobre las que se fundaba la acción, cuando son comunicadas (las claves de lectura) lejos de esclarecer, el lector queda totalmente confundido. Respecto de la confusión quiero decirles que transitar la lectura de la novela implicó dejarme tomar por una confusión onírica no tan aguda como la de Meynert, en tanto lectora,  especialmente en el capítulo llamado “La Crisis”, que es cuando Medardo pierde a Aurelia (su objeto de amor). A las puertas del duelo, desmiente la pérdida y prefiere perder la realidad, esa disposición enfermiza de la que habla Freud en Duelo y melancolía. Se trata en la confusión de Meynert, de la lógica del proceso primario por su atemporalidad, desplazamientos y condensaciones, con una figurabilidad propia de una pluma genial. Y entonces me pregunto, a las puertas del duelo,  qué valor tiene hoy retomar una historia demonológica en el entretexto entre Freud, Meynert, Hoffmann y Agamben. Las expectativas de Freud en su momento es que acaso nos mostrara como “metal puro”, lo que en las neurosis de una época posterior a-psicológica (que ha dejado de ser supersticiosa pero a cambio de ello se ha vuelto hipocondríaca); tiene que ser decantado mediante un empeñoso trabajo analítico a partir del mineral de las ocurrencias y síntomas.

Francisco nace con dos marcas que comandan su devenir onírico y fantasmagórico: nace para redimir los pecados de su padre y una visión trasmitida por su madre le dice y hace ver una y otra vez que el niño maravilloso es otro y no él. “La viva imagen del viejo y extraño peregrino ha quedado grabada en mi interior debido a las descripciones de mi madre…traía consigo a un niño hermoso (bello, maravilloso) que tenía mi edad, -“hoy os he traído a un niño maravilloso para que encendiese la chispa del amor en vuestro hijo, vuestro hijo es muy inteligente, pero los pecados de su padre hierven y fermentan en su sangre, tiene que ejercitarse en su fe, dejadle que sea religioso”. Francisco tenía visiones mucho antes de tomar el elixir. En plena emergencia puberal y ante la furia amorosa que le ocasiona una joven que le corresponde con miradas picaronas, enloquece, ríe, llora, se desespera, está a punto de tirarse por la ventana y decide “renunciar al mundo”, recessus, renuncia, retirarse atrás, precipitando a sus 16 años el ingreso a la vida monacal y carrera religiosa. Así tenemos a Medardo, el capuchino.

Agamben en su libro Estancias, llevado por la preocupación por objetos que se caracterizan por tener eficacia a partir de su ausencia en la burguesía de occidente, retoma de los medievalistas el concepto de “Demonio meridiano” –se llama así porque en la iconografía medieval suele aparecer a la hora del mediodía, cuando el sol está en lo más alto–, escoge a sus víctimas entre los hominesreligiosi y los asalta cuando el sol culmina sobre el horizonte”.  “Durante toda la Edad Media, un azote peor que la peste que infecta a los castillos, las villas y los palacios de la ciudad, del mundo,  se abate sobre las moradas de la vida espiritual, penetra en las celdas y en los claustros de los monasterios, en las tebaidas de los eremitas, en las trampas de los reclusos. Caracterizada por: tristitia acedia, se latinizó como acidia (tedio, tristeza, pereza, flojera espiritual, aburrimiento), tristeza y acidia que se inicia en el recessus, desidia, son los nombres que los Padres de la Iglesia dan a la muerte que induce en el alma”. Pertenece a los pecados capitales.Apenas este demonio empieza a obsesionar la mente de algún desventurado, le insinúa en su interior un horror del lugar en que se encuentra, un fastidio de la propia celda y un asco de los hermanos que viven con él, que le parecen ahora negligentes y groseros. Es decir que hay algo que atañe al lazo: no soy yo, son los otros negligentes y groseros y nos recuerda a las  almas bellas hegeliana. El sujeto empieza a sentir horror del lugar, no encuentra gusto en donde se encuentra. No puede habitar bien los límites de su propia piel. Proclama un disgusto de su lugar y un fastidio dirigido al otro.

Las hijas de este demonio meridiano, las filiaeacediaeson un cortejo infernal que se caracteriza por malicia, rencor, pusilanimidad, desesperación,( la oscura y presuntuosa certeza de estar ya condenados por anticipado y el hundirse complacientemente en la propia ruina, como si nada, ni siquiera la gracia divina, pudiera salvarnos), somnolencia ( torpor que es el obtuso y somnoliento estupor que paraliza cualquier gesto que pudiera curarnos) y también la evagatiomentis, aceleración imaginaria sin anclaje que puede derivar en un movimiento maníaco, donde a una idea le sigue otra sin posibilidad de que el sujeto ancle en ninguna. Se manifiesta en “la verbositas, la monserga vanamente proliferante sobre sí mismo”, es una aceleración de la imaginación sin anclaje y ahí lo que sigue es la confusión con visiones y en la importunitasmentis, la petulante incapacidad de fijar en un orden y un ritmo el propio pensamiento.

Hasta aquí la descripción completa del demonio meridiano, les cuento que no hay que hacer ningún esfuerzo de lectura para encontrarse con lo sucedido al capuchino Medardo en el relato de su infancia y vida monacal. Sabemos que Hoffmann estudió mucho para escribir esta fantástica novela, ambientada en el siglo XVIII en donde el enlace de manía, demonios y melancolía era llamado mal del siglo y afectaba a poetas y hombres de letras. De igual manera en el medioevo se enlaza manía, locura, demonios y melancolía en los hominisreligiosis.

Lo vio bien Santo Tomás, que lo aclara en la Suma teológica: no corresponde ponerla bajo el signo de la pereza, sino de la angustiosa tristeza y de la desesperación. Domina en ella la imagen del recessus, del retirarse atrás. Punto esencial de la acidia: se inicia en el recessus, en la renuncia. Pero se trata de una renuncia que no es la del melancólico, no es la renuncia de alguien que dice: “Nada vale”. El sujeto retrocede ante lo mejor que le puede arribar, lo que Dios le ofrece. No se pierde el deseo sino que se yerra el camino hacia el propio deseo. La acidia no se opone al deseo, no lo ignora, sino que se opone  al encuentro con el objeto de su deseo. La acidia cada cosa quiere tener, pero no se quiere fatigar, decía Jacopone da Benevento. Existe un punto de llegada, pero ningún camino ( frase de Kafka citada por Agamben).

 En el mundo capitalista burgués, nos recuerda Agamben, desgraciadamente esta tristitia con acidia, fue muchas veces estigmatizada como pereza, “Vos no querés hacerlo”, nos retumban las vociferaciones de los padres a hijos que están encerrados, tristes y decidiosos, desdichados por más que las figuras del encierro de hoy, permitan desarrollar actividades virtuales, y ahí están las botellitas. Pero no es un problema de pereza: el sujeto es desdichado, por más que tenga complacencia con su posición- Algunos jóvenes en pleno pasaje puberal lo resuelven por brote o por estrépito, cuando son retenidos como niños ideales o cuando no son acompañadospor una miradaparpadeante y una voz acompasada para dicha travesía. Con un tiempo previo de encierro, retracción y siempre acusados de vagos, de perezosos “vos no lo querés hacer”; y luego la aceleración imaginaria del curso del pensamiento sin anclaje que puede llegar a la confusión alucinatoria aguda. Pérdida de realidad en las neurosis.

El demonio meridiano puede irrumpir en el análisis de neuróticos, con mayor o menor gravedad, complicando la transferencia e instalando una atemporalidad propia de lo actual, donde insisten la acidia y la tristeza, el recessus respecto de la ruta deseante, la desesperación, la perplejidad, a veces, no siempre llega el desdoblamiento del yo, la confusión, imágenes visuales propias de lo onírico, el sujeto no se aguanta en su propia piel, aparece la desazón y sufrimiento, la incapacidad de moverse y la imposibilidad de hallar un espacio que le convenga, su crítica quejosa hacia sí y hacia quienes lo rodean, sus anhelos imposibles desde su perspectiva y su lugar; que sí pueden situar como posibles en otro espacio. El otro lugar sí que vale; mantiene el valor del ideal, aunque no lo puede situar en su propia vía.  A veces acostumbramos a decir y escuchar en las supervisiones “se melancolizó”,  cuando para un melancólico “nada vale”. Podría decir de manera elegante que se trata de duelos patológicos en relación a los ideales. Ahora bien, cuando Freud nos dice: que el duelo es la reacción ante la pérdida de la persona amada, o una abstracción equivalente: la patria, la libertad, un ideal, etc. Fíjense qué lío en tres renglones. Cuando se trata de ideales y no hablo de ideales a ultranza (por ejemplo lo que fue en los noventa los jóvenes de acero de Techín), cuando se trata de ideales abollados, trabajados en análisis, como el desarrollo de algunas profesiones en nuestro país (pienso en ingenieros electrónicos, industriales, ni que hablar de los ingenieros textiles), o ideales latinoamericanistas, o de cierta equidad en la preocupación por el otro y no digo el doble, digo el prójimo.  Dejo abierta la pregunta, esto también hay que duelarlo? En tal caso, será un duelo normal, patológico o interminable?

 

Bibliografía:

Sigmund Freud. O.C. Amorrortu.  Adición metapsicológica a la teoría de los sueños. 1915.

Sigmund Freud. O.C. Amorrortu. Duelo y melancolía. 1915.

Hoffmann T. Los elixires del diablo. Pico Roto de Narrativas. ISBN: 84-354-0009-3

Giorgio Agamben. Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-textos, Valencia, 2001. Especialmente los primeros cuatro capítulos del libro.

Meynert Theodor. La Amentia o confusión. 1890. KlinischeVorlessungenüberPsychiatrie auf wissenschaftlichenGrundlagen, Vienne, Braümuller, 1890. ( Trad. fr. De C. Levy-FriesacherenMeynert-FreudL’Amentia, París, PUF, 1983).

Vegh Isidoro. La Acidia: clínica de la cara de culo. Página 12. 2007

Diego Alfaro Palma. Melancolía y posesión demoníaca en Los elixires del diablo de Hoffmann.