EPSFROS
Jornadas de Escuela

Celina Mirada

Participante EPSF-Ros

                Jugamos como nunca y perdimos como siempre.

 

                                                                                                                                                                                                                                              Lo que no puede tomarse volando

                  Hay que alcanzarlo cojeando.
 La escritura dice: cojear no es pecado.

Friedrich Rückert

 

“A veces me da una risa tanta seriedad y aburrimiento. Como ahora, que me agarro los labios con los dientes para que no se me escape la carcajada y me tapo la boca con la mano para que nadie me vea.” En presente y en primera persona, Belén cuenta lo que le pasa mientras espera, en el banco de la Iglesia, el momento de su primera confesión. “…Son duros estos respaldos, y finitos y si me apoyo me hace doler una vértebra y las clavículas.  ¿Por qué no ponen asientos como en el cine? Tengo frío y piel de gallina. ¡Pochoclos! ¿no se puede comer acá adentro?”

No se le escapa al oyente que estamos en el terreno de lo infantil; terreno que no es propiedad privada de los niños, advertimos nosotros, que nos decimos analistas.

Podemos llorar con cebollas y reír por cosquillas, pero nada de ello tiene que ver con lo cómico que se puede leer como efecto del inconciente. Lo cómico no es moralmente ingenuo, aprovecho la ocasión para poner en palabras que tomaré distancia de lo oficialmente cómico que pretende hacer reír pueril y sumisamente, dejemos eso para el programa que empieza después de las 22, en el ya caduco horario de protección al menor, donde sobran chistes que distraen tapando algunas verdades. No se trata entonces, del humor entretenido (que bien agarrados puede tenernos), del que se proponga distraer y esconder la realidad, muy por el contrario, sigo lo cómico que desvela la ceguera que tanto la opacidad como el brillo pueden provocar.

El niño tropieza con lo cómico sin proponérselo. ¿De qué se ríen? Se extraña después de que estalla la risa de un adulto ante alguna de sus ocurrencias. Al modo de “ ¿no Es increíble lo que puede tener adentro un lápiz?” Esa Pregunta retórica que el Guillermito de Mafalda, tira ante la mirada y los oídos de la madre que no saca la vista de las paredes recientemente dibujadas. Ingenuidad. Con ella nos encontramos. Con la ingeniosa ingenuidad infantil que, casi con el mismo movimiento, desnuda y viste al adulto, dejándolo a la intemperie de una risa infantil reconquistada. Escoltado por la espontaneidad, lo ingenuo, no se confunde con el niño que se anda haciendo el chistoso, esforzándose en la búsqueda de una risa adulta que lo sostenga o con aquél que se hace burlar, convirtiéndose en blanco que recibe el “listos, preparados, fuego” de todas las balas y malas cargadas.

 Estas ocurrencias efecto de los movimientos posibles entre la gramática del lenguaje y de la fantasía: citar cuales son los movimientos. el adulto las abandona en pos de la razón. Para salir de los extremos:  de la aparición a su extinción, atendamos al tiempo en que la ingenuidad va volviéndose conquista. ¿Acaso no hay un momento en que advertimos (o no queremos advertir), que el niño ya no es tan ingenuo y lo vemos entonces, (o no podemos verlo), cual Aladino, frotándose las manos para que de lo ingenuo brote un recurso bien mal intencionado?

Cuando el niño deja de carecer del sentido de la comicidad y se vuelve cómplice de ella, nos da la posibilidad de pensar en un giro que encenderá los motores de la maquinaria psíquica del chiste que tan bien describió Freud.

 

¡Otra vez! ¡Otra vez! Se escucha en la infancia y nos encontramos entonces ante la búsqueda insistente de la identidad de la impresión. Vaya si cambiamos un mínimo detalle que no pasará inadvertido para el niño en esta escena que es abandonada por el adulto antes de lo que aquel quisiera.  ¿Cuál es el ahorro para el yo en este placer pulsional condimentado por la repetición?  Al don, al don, al don pirulero, cada cual, cada cual atiende su juego y el que no y el que no, una prenda tendrá. Penalidad de los perdedores: La prenda será desprenderse de lo que cae en cada vuelta de pulsión. El juego juega con el niño en la exploración de un cuerpo libidinizado, pone al desnudo la erogeneidad (exploración que se recuperará luego de la dormidera de la latencia, ante otra desnudez: la del cuerpo de un muchacho o una muchacha y tras la caída de otras prendas a causa del desencuentro entre dos bocas que inauguran un beso que tensa lo labios). “Lo mismo ahí”, parece ser condición necesaria para advertir luego que el libro falte en el estante, me refiero a la advertencia del significante, que nos pierde la significación, sacudiendo la barra que lo hace copular con el significado.

 ¡De nuevo! ¡De nuevo! Pide Augusto en una sesión, en la que mientras arma un helicóptero con los rasti (al ras de ti), su analista inventa, abriendo paso a la espontaneidad del inconciente, una canción que dice así (el nombre por supuesto no es el del paciente, pero tiene una familiaridad sonora). Anticipo que no tendrán el disgusto de escucharme cantar como sucede en la intimidad del juego en y de consultorio.  “Augusto Utuberry está haciendo un Helicóptero, está muy concentrado usando las piezas. Piensa, piensa y después arma. Piensa, piensa y después ama”. La canción tiene una cadencia de una canción de cuna, una sonoridad al estilo del arrorró, en dos tiempos, arriesgo a decir con mis precarios conocimientos de música, pero habiéndome ahuecado para acunar en más de una ocasión. Augusto (no deja de resonarme el “Otro” que se cuela en la disidencia de este nombre inventado como también la noticia que corría por esos tiempos: la aprobación del proyecto de Cobos para ahorrar en ladrillos). Vuelvo.  Augusto presenta dificultades para articular algunas letras que afectan a la comprensión de algunas palabras que pronuncia, entre ellas se incluyen letras que forman parte de su nombre y apellido, como le gusta aclarar a él, “al nombre que me dio mi mamá y al apellido, mi papá”. Entonces, puedo rastrear que el invento de la canción de cuna, puede venir de prestarles mi atención a los niños que están tarareando el habla, a cómo pueden apenas balbucear algunas palabras que son las mismas que cantan con mucha claridad. Es decir que algo del ritmo de la canción (generalmente portado en una voz suavemente maternal), favorece a que una palabra, primero cantada, pueda luego ser dicha ya no apoyada en una canción, aunque sí con su sonoridad impresa. Mi hija, de dos años, puede cantar un tallarín, un tallarín, pero supongo que por más que se lo proponga, no podría, hoy por hoy, decir tallarín, sin melodía mediante, cuando está ante un plato de fideos. Mueve las manos y aplaude. Se ríe, se divierte cantando esa canción, no como resultado de lo cómico, en todo caso, asentando las condiciones para que ello advenga.

El ¡de nuevo! que exige lo nuevo yendo hacia lo idéntico, es ensayar y ensanchar también la grieta por la que se pierde el significante de la significación y el objeto en el circuito de la pulsión. No hace poco estaba en un cumpleaños en el que proponen hacer Karaoke, se prende una pantalla por la que empieza a pasar la letra del tema a cantar y una especie de pelotita empezaba a saltar sobre las sílabas que debían ir siendo cantadas a medida que avanzaba la canción. Frente a esa pantalla, me acordé de que cuando era chica necesitaba ponerle letra a la música aburrida de las canillas que goteaban. Era como separar en sílabas, pienso ahora. Textualidad y sonoridad atravesados por el corte y la caída.

Jugar como nunca para perder como siempre, lo deja al niño ante la advertencia de la separación. El efecto de lo cómico que provoca el niño en el adulto, sin intención en un primer momento, va ganando intencionalidad tras confrontarse con una Alteración en el Otro. ¿De qué se ríe? Es esa risa del adulto la que le muestra al niño que lo ha puesto en falta y que, si bien puso el dedo en la llaga, hay algo que ya nada tiene que ver con él ahí, algo que el adulto experimenta habiendo podido perderse ante el niño aunque algo de la ingenuidad de éste lo haya provocado. Arriesguemos a que en esa lamparita que se enciende en el niño (¿de qué te reís?)  vuelve visible la posibilidad de desaparecer aun estando frente a frente niño y adulto. ¡Punto y coma el que no se escondió se embroma! así empieza la escondida después del tiempo de contar. Alterar al Otro, además de saborear el orgullo de no ser, es des-colocarlo; pone al descubierto su barra y asienta las condiciones para que un sujeto advenga. Del vocablo latino subjectus, que significa literalmente lo que no se ve, lo que está escondido. No es ajeno a esto, el engaño y la mentira. Hay acierto en el ¡Yo no fui!, como  hay resguardo en una mentira de patas largas y posibilidades en eso de que, de los errores, más que se aprende, se inventa. Me enteré, a los fines de este texto entretexto, que el zapatito de cristal de la cenicienta, para Charles Perrault, debía ser de “vaire” (un tipo de piel animal); y solo debido a un tropiezo en la escritura, se convirtió en “verre”, es decir, en cristal. Nos asombra que un zapatito de cristal, venga siendo más sugerente que cualquier zapatilla de piel, aunque haya nacido de un equívoco o de un error de transcripción.

¡A guardar a guardar, cada cosa en su lugar! Claro, no es sin angustia alterar al Otro, con la ingenuidad el niño gana la risa del adulto, vaya y pase, pero con la mentira y el engaño (¿ingenuidades intencionadas en pos de desprenderse?), la angustia asoma y es entonces el “otra vez” del juego el que puede suavizar en el niño ese afecto que no engaña.¿ Es posible que de “nada en su lugar” (las sillas en fila, en la escena del juego, pueden ser un tren y el piso, pizarrón, donde se dibuja la rayuela) a “cada cosa en su lugar”, tras el grito de “¡A guardar!”, no deje al niño tan expuesto a la angustia inevitable de la caída del  a?

 “Había una vez”, (sí, voy a contar un cuento y pueden pedirme que lo cuente otra vez), unas fiestas que se llamaban Las bacanales. Eran las Fiestas de culto rendidas a Dionisio, (en el barrio lo llamaban Baco y se decía que había nacido dos veces). Dionisio, tenía el agrado de ser el Dios del vino, de la máscara, de la primavera, de lo repentino, también de lo polimorfo. “Eran fiestas donde reinaba una actitud subversiva respecto al esquema de valores y jerarquías de la sociedad establecida, ésta era sometida a la crítica a través de la sátira, la degradación paródica, y la ruptura de tabúes…” “Elementos fundamentales… eran la exaltación de los goces de la existencia corporal, la espontaneidad en la conducta y en el hablar. Fiesta de alternancia entre el renacimiento y la muerte marcadas en una unidad secuencial: con la tragedia se presentaba la muerte, luego venía un intermedio festivo y lascivo, con risas y comidas, al que seguía la comedia que presentaba el renacimiento”. Acabo de citar otro cuento en este cuento, uno que me contó  Mijaíl Bajtin, cuando leí su libro “La cultura popular en la edad media y en el renacimiento”. El éxtasis dionisiaco sacudía a cada uno de los invitados a la fiesta, los desataba de todas las cadenas, haciéndoles perder la vergüenza, el temor y la razón, tocando las puertas del cielo con la exaltada embriaguez generada por el poderoso dios del vino. ¿Sonaría en esas fiestas abundantes, Yellow Submarine o This is the end? Si los hubieran conocido serían temas más que apropiados para la ocasión. De todos modos, tenían su música (¿cómo va a faltar la música dónde se quiera perder la razón?). Los ditirambos eran poemas, composiciones líricas, que se cantaban a coro, y hacían su aporte al clima de éxtasis, produciendo el olvido del yo, la disolución de las conciencias individuales, volviéndola colectiva y más fuerte porque tenía la fuerza de todos incluidas dentro de sí. La conciencia colectiva que se formaba, era tan poderosa que podía provocar el olvido de todos los problemas, generaba un frenesí ilimitado, volvía a unir al hombre con la naturaleza perdida por la vida civilizada, generaba una energía abrumadora en una experiencia del orden de lo fantástico y con la ganancia de un placer intenso.

Colorín colorado, este cuento no se ha terminado.  Los invito entonces, a usar el margen para anotar estos rasgos característicos de las fiestas en honor a Dionisio; me refiero específicamente a ese “perder la cabeza” (si hacemos sede de la razón allí) acompañados por la música y una buena bebida, ya que nos servirán a continuación para salpimentar el texto (ilusionémonos con que algunas gotas puedan no perderse).

-¡La voy a matar a la novia de mi papá!

-¿Cómo? ¡Contame, por favor!

Lucia se cruzó de brazos, levantó una ceja y llevó el mentón al pecho: “le voy a tirar con caca”, me dijo.

Habiendo pasado por las fiestas dionisíacas y los juegos de textualidad y sonoridad, de la ingenuidad espontanea a la ingenuidad perdida para perderse, devengo acá, en este punto en que” El humor es siempre un disparo contra la autoridad”, textual de Luis María Pescetti este acierto. Convengamos que la autoridad puede hacerse cuerpo en una persona, una institución, el gobierno, una imagen religiosa. Sebastián Monk, conocerán de cerca a este cantautor los uruguayos, hizo este tema, va una parte: “Ese que seguro tiene caspa, te va a contagiar las aftas cuando te quiera besar. Si hay otro en tu vida, no le guardo rencor, solo les deseo lo peor; ese que pise baldosas flojas, que se siente sobre un chicle, que se brote y se constipe…”  

El disparo contra la autoridad, no deja afuera a los códigos sociales de buen comportamiento, al reglamento de tránsito, a los valores éticos, los horarios, planificaciones, la tecnología. “Pablo, el de la caca para el diablo, se enojó. Justo pasaba por ahí, la maestra Teresa que hacía caca con frambuesa, y le dijo: Pablo, el que hace caca cuando le hablo, no le digas así a Inés, la de la caca de pez. Mejor vete a jugar con Luis, el de la caca y el pis, o con Gustavo, el de la caca por centavo”. Ahí fue de nuevo Pescetti con “El cuento de la caca”.

Lo cómico apunta y dispara a las reglas del lenguaje, las gramaticales, las de ortografía; los impuestos (caso que aplica a los adultos que transitan el terreno de la infancia). Resumamos, en todo aquello que de algún modo imponga un límite: el miedo; una enfermedad; la muerte; la tarifa telefónica

En estos párrafos, armados del dialogo con Pescetti y Monk, hago entrar a Freud porque escucho la invulnerabilidad del yo que gana un placer a partir de un ahorro, sin resignación. Retomo a Sebastián Monk: “Larga vida a todo aquel a quien le llega siempre primero el subte del andén de enfrente, a quienes las tostadas sólo se les caen del lado del dulce y los que tienen la caja del cd, sin el cd adentro”

Los analistas, como podemos, caminamos por la cuerda del jugar como nunca y perder como siempre. Cuando apagamos la luz del consultorio, encendemos la ilusión de algunos aciertos, creemos haber ganado por puntos o haber perdido por knockout. Quien les habla, no es ajena a esa experiencia y cada tanto enciende las brasas de la infancia, tarareando sobre las gotas de alguna canilla que pierde.

 

Celina Mirada

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