EPSFROS
Jornadas de Escuela

Álvaro Albacete

A.E. - A.M.E. Escuela Freudiana de Montevideo

 “…. y con un sueño poder decir que acabamos con el sufrimiento…”

Hamlet, monólogo Acto III, escena IV.

 

En el texto de 1915 “la Represión” Freud explicita la Urverdrängung (represión originaria) como un primer tiempo. Si de texturas se trata, el primer “punto” del tejido estructural del sujeto, con el que se funda el inconsciente,  está caído de forma tal de ya no reaparecer, y es por eso tal vez la única represión propiamente lograda, en términos freudianos y formulada por Lacan como “olvido del olvido”. Núcleo de la represión y siendo uno de los efectos de la represión el olvido de una verdad, el texto comienza a tejerse con una primer hilada perdida y para siempre en un silencio profundo y radical, con destino Unerkant. Pero no es posible que esa primera lazada hecha de significante no guarde relación al texto que habita al sujeto y del cual sí tenemos noticia a través de las formaciones del inconsciente.

 

En sentido estricto la Represión (Verdrangung) en tanto es la que habilita y en forma necesaria, inherente, su retorno como retorno de lo reprimido, es aquello que cuando se está en posición de sujeto por efecto de discurso, puede suponer que otro puede leer y si es posible como enseña Lacan “a la letra”. Es que como nos dice el Maestro Borges: Everness: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido”; lo reprimido retorna.

 

Si son nudos entonces también hay agujeros. Hilo, puntada, nudo y agujero, siempre singular y sus pulsares con la cadencia de la Represión y su eterno retorno. Hilos que son tomados del baño significante y desde aquel nombrado como perdido tengan una relación entre sí capaz también de enlazar con otro, otro semejante o prójimo. Sabemos que el otro es diferente según la relación que con él el sujeto establezca.

 

Entre las llamadas formaciones del inconsciente hacemos referencia al OLVIDO como fallido, y lo es pero quiero detenerme un momento en su especificidad.

Porque “el sujeto y su relación a la subjetividad de la época” nos exige indagar en la cuestión del olvido como función; la Historia de la humanidad es también aunque no sólo, la Historia de sus horrores; no puedo menos que pensar que en cada época eso fue así.

 

La vida nos reclama olvido porque es un alivio: Es un Olvido- Sueño: doble vertiente como de sueño descanso (dormir) y su posibilidad de sueño en la brecha abierta así al deseo y su alucinada satisfacción. Por una cara olvida porque al decir de John Cowper Powys “ser verdaderamente consciente del sufrimiento del otro, con una sensibilidad tan estremecida, sería una condición a tal punto insoportable que ningún hombre podría vivirla” y dice también Ciorán: “La lucidez: martirio permanente, inimaginable proeza”.

 

Sueño de descanso, dormir y olvidar, para lo cual el sujeto siempre podrá refugiarse en alguna monotonía, objeto de consumo o cualquier cosa que logre anestesiarlo, llámese droga o amor, o cualquier cosa que le funcione como opio.

 

En “La Gradiva” Freud habla de un destino de sepultamiento (Untergang) y aquel que “se singulariza por lo difícil que es despertar el recuerdo aun mediante unos intensos llamados exteriores. Olvido (que)  aunque no se manifieste como recuerdo conserva una eficacia: se traducirá y desplazará en “retoños” de lo olvidado, que son precisamente el “retorno” de los signos que volverán con la regularidad de una ley, por ejemplo, en la vida amorosa. El hallazgo es un reconocimiento de algo perdido cuya huella quedó en la memoria. No encontraríamos algo que no reconociéramos como perdido”.

 

Que se olvide permite el descanso más que el consuelo o el desvelo. El olvido sólo es pérdida cuando por su función fundacional de la que hablé queda fuera del tejido que entreteje. Todo cuanto se olvida participa de y de forma necesaria de la economía de la vida, protegiéndola y haciéndola posible, a riesgo de quedar preso del goce que conlleva.  Fino equilibrio ya que un sujeto o una sociedad no soportarían el martirio permanente de la lucidez de la vigilia insomne.

 

“Aprendimos con Lacan que la memoria no es el espejismo en el cual podemos encontrar el pasado sino que por el contrario el olvido es un tropiezo de la memoria. No hay tinta que pueda escribirlo todo, la castración concierne al sujeto y al Otro del lenguaje .Tiempo y escritura del sujeto se producen en la instantaneidad del acto. La memoria es fugacidad, ese instante en el que el recuerdo no es sino la fachada, el velo del fantasma, ese poco de pudor que apenas nos permite seguir soñando y que nos pone en la ruta del deseo y en el despertar. Fugar con el significante de los tormentos del goce”

“Memoria, temporalidad que guarda la lógica de lo inconsciente en el acto del olvido y que permite cortes y silencios . Discontinuidad en lo percibido que permite al sujeto tejer con la letra que equivoca el lapsus del olvido, pudor oxigenante de la eficacia de una memoria que al olvidar escribe”.

“La memoria colectiva reclamada legítimamente  desde la instancia social propone la permanencia del recuerdo   frente a los infortunios sociales de la humanidad,   es un conjuro a lo demoníaco de la muerte salvaje  …”

 

(relectura y reescritura de pasaje del texto de Liliana Donzis LA MEMORIA Y LOS DUELOS)

El olvido es también texto, aún cuando pueda como en un silencio musical dejar un espacio en el que al no sonar o no decirse, algo se escucha o se lee.

El olvido nos permite seguir durmiendo, nos permite el confort frente al posible encuentro con un real o ligado a un goce, escabullirse bajo la barra de la represión. Olvidar lo malo también es tener memoria, decía Martín Fierro. Olvidar para descansar: es también función del olvido.

Lo interesante es que esto bien puede ocurrir por su trabazón significante a lo que es reprimido y así el olvido recae sobre otra cosa también, o bien se olvida como el sueño, como un desconocimiento absoluto del que puede no saberse más sino es convocado por un encuentro con lo real que nos despierta, o de lo que por vía del lazo con otro nos convoca o cita.

 

Individuo y sociedad necesitan entonces el olvido “para saborear el gusto del presente, del instante y de la espera; olvidar también el pasado reciente para recuperar el pasado remoto”, dice Marc Augé en “Las formas del olvido”. El olvido trabaja en la memoria y está presente en el recuerdo. Los recuerdos son modificados por el olvido. Así se va dando la textura, con puntadas de hilo y puntadas de silencio, de olvido.

Hay olvido porque hay memoria, el olvido no podría ser más que producto vivo de esta y el recuerdo es el producto de esta (AUGÉ, 1998, p. 28).

No se trata de una realidad escondida en el desván de la memoria, que resurge intacta ante la impresión sensitiva, se trata de marcas, desligadas del recuerdo. Luego la represión no recae sobre el recuerdo, acontecimiento o huella sino sobre las conexiones entre estos. Ya no se trata tanto de huella como de trazo(AUGÉ, 1998, p. 29-31).

Así como despertamos de un sueño que nos confronta con un real, el olvido nos mantiene dormidos y puede despertar como recuerdo. Conocemos la indicación referida a que un sueño que nos despierta es para que podamos seguir dormidos; el olvido es precisamente eso: dormir. ¿Por qué dormir, dormir ESO que así es silenciado? Nos despierta del olvido sólo nuestra relación al inconsciente y el compromiso con el psicoanálisis, esto es también estar en transferencias, las analíticas, las de trabajo, nuestro encuentro aquí mismo hoy quizá sea una prueba de ello,  y si las cosas anduvieron bien en un análisis las habrá también como lazo social que hace a la comunidad de analistas sí, pero aún quiero decir más o más simplemente al otro en tanto prójimo, permítanme nombrar también a la amistad. Esta es la estofa del Sueño que trabaja en la línea del deseo: decía Dormir para descansar del horror y también Dormir para soñar y hacer un lugar al deseo (el español o castellano tienen esta dificultad con la que los confundo, de poder hacer equivaler “sueño” y “dormir”). A la relación al prójimo, ese que con su voz nos empuja, NOS AVIVA  entonces en el sentido contrario en el que la represión lleva arrastrado por algún significante seguramente, eso que el sujeto olvida para dormir u opiarse (opio le llamaban también unos chicos del barrio en mi juventud a “aburrirse”). El lazo social al que nos conduce el análisis es aquel que juega sus cartas, y estas son fundamentalmente el aporte al goce acotado y el goce de la vida. Ese que hoy nos reúne acá, comunidad de analistas. Estar aquí es un llamado a despertar, a mantenernos o recuperar vigilia.

Nos recuerda que “si lo olvidé es porque se me enganchó en el fantasma un significante”. Y me devuelve la posibilidad de la elección, de optar por quedarme en ese goce fantasmático o bien tomar o retomar la brecha que el deseo indica.

El sujeto necesita dejar de serlo. Porque necesita dormir. Necesita dormir por dos buenos motivos: necesita descansar del horror de la vida y desea  soñar para poder satisfacer deseos.  Claro está que no se trata de una apología del olvido sino de su función en la economía del sujeto y en el tejido social. De su necesidad tanto como del recuerdo. Finalmente sólo quise decir que es también una finalidad del análisis   Saber olvidar mejor. 

Alvaro Albacete, Octubre 2016, Rosario Argentina.